¿Por qué permito que me peguen?

Se cree muchas veces que la violencia es el acto físico de pegar, golpear, magullar, abofetear, provocando un daño físico al cuerpo o al rostro de la persona que se agrede. Por lo general, cuando somos testigos o víctimas de actos de violencia física, tendemos a enmarcar el acto de violencia en la situación específica de violencia que se desata (pegar, acuchillar, ahorcar, asfixiar, cachetear, envenenar, disparar, etc.); pero esto es como pensar que la violencia es sólo lo que se ve, aunque lamentablemente la violencia es mucho más. De hecho, no empieza ni acaba en el acto de violencia, sino que es un fenómeno más amplio y complejo.

Incluso cuando la vida de la víctima ha sido segada, cortada, detenida, ya sea en un acto de guerra o en un feminicidio, hay que tener en cuenta que esa violencia ha empezado mucho antes de ser ejercida y que está lejos de acabar. La violencia no sólo es un problema personal, sino público. Es un fenómeno en el que todas y todos deberíamos participar en su erradicación y control pues se trata de provocar daño y perjuicio a otras personas, violentando su bien-estar.

¿Alguna vez te has preguntado por qué una persona le hace daño a otra?, es decir, ¿qué tipo de cosas desencadenan la violencia de una persona contra otra? Aunque a primera vista la respuesta podría ser sencilla, lo cierto es que la violencia es bastante más difícil de entender y prevenir de lo que pudiéramos suponer. Veamos, por ejemplo, qué sucede con la violencia doméstica e interpersonal.

En el ámbito del hogar, en el escolar o el laboral tienen lugar múltiples tipos de violencia que suelen ser ejercidas por familiares, amigos, parejas, jefes o compañeros de trabajo. Se trata de gente conocida a la que por lo general nos une un vínculo afectivo, lo que hace mucho más difícil de procesar el acto de violencia para sanar sus consecuencias. Por eso, mientras más estrecha sea la relación entre agredido y agresor sufrir un acto de violencia suele experimentarse como algo doblemente doloroso.

De todos los tipos de violencia que existen, la violencia física resulta ser la más visible ya que queda expuesta ante los ojos de los demás porque las marcas en el cuerpo y en la cara siempre son difíciles de ocultar. Sin embargo, la gente que ha sido violentada físicamente sabe que esta violencia es algo más que golpes porque deja una huella emocional muy honda, una huella que quizá no se vea pero que tampoco es fácil que se vaya. Esa es la razón por la que entre la violencia física y la violencia psicológica o emocional hay un camino de doble vía, como si fuera un puente que se transita de ida y vuelta.

Aunque los expertos no se ponen de acuerdo en definir lo que es violencia, en el caso de las violencias domésticas e interpersonales parece haber acuerdo sobre que es un acto frecuente de sometimiento de una persona por otra, donde se intenta coartar la voluntad y la libertad de la persona sometida, afectando su integridad y bienestar físico y psicológico. Precisamente por lo anterior, los expertos también señalan que las violencias domésticas e interpersonales siempre tienen un fin concreto, que es lograr satisfacer los deseos del agresor.

Estos deseos tienen que ver con someter a la víctima, es decir, con dominar o doblegar por la fuerza su voluntad a voluntad del agresor. Esto es especialmente común en los casos de violencia doméstica e interpersonal, en particular en lo que respecta a la violencia de género, que es una violencia que se ejerce específicamente contra la mujer. Por eso es que se puede decir que este tipo de violencia nunca pasa porque sí, o porque el agresor pierde el control de sí mismo, o porque no sabe qué está haciendo. Al contrario —y esto hay que tenerlo muy claro— la violencia doméstica e interpersonal ocurre porque el agresor busca dominar y puede dominar a su víctima, lo que coloca a la violencia como un problema de intención y de poder: de hecho, de intención de ejercer el poder.

La intención de ejercer el poder se da al interior de las relaciones de dominación, es decir, de una relación en la que una persona siente, piensa y actúa como si tuviera el poder y la razón para imponer sus deseos, puntos de vista e intenciones personales a la otra persona que siente, piensa y actúa a su vez como si no tuviera ni poder ni razón para hacer lo mismo. Como se puede ver, una relación de dominación es una relación desequilibrada, desbalanceada, en tanto se basa en “jugar” las posiciones de dominador-dominado.

Aquí es importante entender que no hay dominador sin dominado, como tampoco hay dominado sin dominador. En ese sentido, aunque duela aceptarlo, en las violencias domésticas e interpersonales, el agresor no es el único responsable, la víctima también lo es. Sin embargo, al hablar de responsabilidades en la víctima debemos ser cuidadosos para no hacerla víctima de su agresor y de sí misma. En muchas ocasiones, la víctima se ve imposibilitada de transformar esos patrones pues literalmente le va la vida en ello o se halla amenazada de forma frontal y directa, ya sea ella misma o sus seres queridos; en otras ocasiones —diría que en la mayoría— la víctima no está consciente que reproduce patrones de sentimiento, pensamiento y comportamiento que la colocan en la posición del dominado.

Antes de que la violencia física brote, por lo general, aparecen antes varias formas de abuso y maltrato que pueden encender las alertas: insultos, burlas, humillaciones, desprecios, desconsideraciones, aislamientos, prohibiciones, órdenes, etc., son algunas de ellas. De manera consciente o no, con todas estas acciones —recordemos que deben ser reiteradas, frecuentes— el agresor busca crear un sentimiento de inferioridad en la víctima que por lo general suele estar acompañado de baja autoestima, sensación o percepción de no contar, sensación o percepción de debilidad o incapacidad para llevar a cabo determinadas tareas, entre otros sentimientos de desempoderamiento.

Por contraposición, mientras más débil, incapaz e inferior se sienta y se crea la víctima, más poder tendrá el agresor sobre ella; y mientras más poder tenga un agresor sobre una persona más violencia creerá que tendrá razón de ejercer. Se trata de un “juego” de suma cero para la víctima, es decir, un “juego” donde el agresor gana y la víctima pierde, incluso la vida. La violencia mata, y mata tanto física como psicológicamente. Física porque literalmente otro puede sentirse y creerse dueño de uno como para determinar cuándo, cómo y por qué acabar con la vida de los demás; psicológicamente, porque otro puede sentirse y creerse dueño de uno como para determinar hasta qué punto es libre de su propia vida.

Comportamientos como los anteriores son siempre banderas rojas. A veces no las vemos porque nos es imposible verlas; a veces hemos sido educados de tal manera que creemos que, efectivamente, el otro es nuestro dueño, que puede decirnos qué hacer, cómo actuar, con quién relacionarnos, si hablar o no, con quién y de qué manera, si podemos estudiar o trabajar, qué ropa ponernos y cuál no, con qué amigas y amigos salir, a dónde podemos salir, incluso si podemos salir, etc.

En otras ocasiones, sencillamente, no queremos ver esas alertas. Pensamos muchas veces que amar mucho a los hijos, a los familiares y parejas que nos maltratan es razón suficiente para dejar pasar episodios de maltrato, abuso y violencias; a veces podemos sentirnos tan poca cosa que creemos que nadie nos va a amar si nos salimos de esa relación; en otros momentos no es el temor de dejar de ser amados lo que nos impide advertir o parar la violencia, sino el temor a ser aún más violentados.

En cualquier caso, se trata de viejos patrones de creencia que nos hacen sentirnos inferiores a los demás, pero si queremos cambiarlos y salir de ese círculo vicioso es necesario hacer consciencia de nuestro papel en dicho círculo y sacar el coraje para romper con modelos de conducta, pensamiento y sentimientos que nos han enseñado a favorecer los deseos y las intenciones de los demás por encima de los nuestros. Es necesario saber que si uno no cuenta para uno mismo, difícilmente contará para el otro. Y como nadie debe decidir sobre aquello que sólo nos compete decidir a nosotros, contar para uno mismo es algo imprescindible para aprender a valorarnos por lo que somos y no por lo que otros esperan que seamos.

📷 @shaza.wajjokh

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

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