La violencia del bullying es anticivilizatoria

❤️ Hace algunos años los expertos señalaban que el bullying no era violencia, sino acoso; pero esta sutil distinción entre ambos términos terminaba por minimizar el impacto de esta práctica tenazmente abusiva. Tenaz porque la lógica del bullying es persistente, porque el bully nunca desiste, porque no puede desistir; abusiva porque se trata de una violencia contra los que no saben o no pueden defenderse, porque es siempre discriminatoria, porque es brutalmente focalizada y porque busca ridiculizar y desempoderar a toda costa, hasta ver vencido al otro, dominado, sometido.

Claro, el término violencia es mucho más amplio que el de bullying; violencia la hay de muchos tipos y no necesariamente se ejerce contra alguien que se percibe como inferior. La guerra es quizás el ejemplo más representativo, la violencia deportiva —aunque regulada— es otra de las prácticas que no implica abuso alguno. Pero que el bullying es un tipo de violencia, eso parece estar claro.

El bullying es una violencia que por lo general se da entre pares. El término surge en el ámbito escolar, fundamentalmente para describir episodios de violencia entre infantes y jóvenes durante los primeros ciclos de enseñanza (primaria y secundaria); sin embargo, algunas investigaciones han revelado que además de que su frecuencia ha ido en aumento, hay presencia notable de bullying también en grados superiores como el bachillerato. Los estudios confirman, no obstante, que a mayor edad las prácticas de bullying tienden a disminuir, aunque lamentablemente esto no implica su completa eliminación. Aquí, la duración temporal de la práctica del bullying escolar, se tiene una primera pista de sus causas.

El bullying escolar constituye un fenómeno de violencia abusiva en la que niños y jóvenes participan ya sea desde la posición dominante del bully, la posición indefensa del agredido o bien desde la posición de los observadores (en la que se encuentran otros estudiantes pero también las autoridades escolares como maestros y administrativos). La posición de observadores constituye así una plataforma para la reafirmación de los roles de agresor y agredido, ya sea que se aplauda la violencia del agresor, que se reproduzcan activamente las burlas y los escarnios públicos del violentado o bien que el silencio y la desidia termine por hacer como que no pasa nada, manteniendo el circuito de agresión que deja en el desamparo al violentado.

Mucha de la literatura especializada en el tema indica con creces que el nivel de soledad, indefensión y resignación que viven los sujetos agredidos puede llevarlos al suicidio, ya que niños y jóvenes rara vez cuentan con las herramientas psicológicas y emocionales necesarias para enfrentar las consecuencias de un acto violento de estas características. El bullying afecta severamente la autoestima y los daños pueden persistir en el tiempo o ser parte del sujeto para toda la vida. Para el agredido, se trata ante todo de algo vergonzoso porque se siente y se piensa incapacitado para evitarlo o siquiera enfrentarlo. Para el bully resulta más que nada un asunto de poder, de dominio, y sobre todo de inseguridad; si no lo hace, él podría ser el buleado.

Hay casos, no obstante, en que el bully mismo ha reportado también como motivación la agresión por diversión o porque los agredidos se dejan, pero lo cierto es que el bully escoge a sus víctimas en función de las características pasivas de esta; se trata de niños y jóvenes poco seguros de sí mismos, que tienden a temer o evitar el conflicto, reservados, tímidos y que suelen aislarse de otros compañeros. En la mayoría de los casos son los varones los que ejercen la agresión sobre otros varones; pero también hay presencia femenina en estas prácticas. Los estudios revelan que las mujeres bully ejercen violencia contra otras mujeres, pero también contra hombres, con la salvedad de que generalmente se trata de una violencia verbal y gestual, lo que la diferencia de la violencia del bully masculino que mayormente ejerce la violencia física.

En ambos casos sin embargo, la violencia ejercida tiene y logra el mismo propósito: discriminar, excluir, desempoderar, dominar. Es sin duda, una violencia que no busca aniquilar al otro, sino reducirlo, someterlo, por el mero fin de hacerlo; y esta violencia traspasa a la persona pues muchas veces la burla, el escarnio, el insulto y la humillación alcanza también a las redes familiares a través de generalizaciones del tipo “tú y tu familia todos son unos…”.

Si pensamos que como seres humanos necesitamos poder ejercer nuestra individualidad para sentir que vivimos libres y somos dueños de nuestras vidas, si pensamos que como seres sociales necesitamos pertenecer a un grupo (familiar, de amigos, de trabajo…) para sentirnos seguros, y que como seres de afectos consensuales necesitamos además querer y que nos quieran, podemos tener una idea bastante clara de cómo estas prácticas violentas afectan al violentado al coartarles la posibilidad de ser dueños de su vida, de pertenecer a la comunidad escolar y de ser y sentirse queridos por sus compañeros de escuela, de salón.

Esto, no obstante, no sólo sucede con el bullying escolar. La literatura especializada registra casos de bullying —también en aumento—en el ámbito laboral, y aunque sus características son diferentes las consecuencias psicológicas suelen ser similares, con el añadido de que además acarrea implicaciones de tipo laboral y profesional.

El bullying laboral es conocido como mobbing; es un bullying entre adultos y no sólo se ejerce entre pares sino también de jefes o autoridades hacia los trabajadores, sean estos profesionales o no. El descrédito y la humillación puede ser sutil o directa y tiene incidencias en la psicología y la autoestima de los agredidos al punto que puede afectar sus relaciones familiares y sociales, llevando a cuestas, además, descensos en los índices de desempeño productivo.

Los adultos, a diferencia de los niños y jóvenes, pueden tener herramientas e incentivos para resistirlo de una mejor manera; el caso de conservar el trabajo, y con ello el ingreso para la subsistencia, suele ser uno de esos acicates. Sin embargo, por esa misma razón la situación puede llegar a ser insosteniblemente desesperanzadora porque el agredido se ve en un callejón sin salida: resistir, aguantar, porque no le queda más remedio.

En los adultos, como en los niños y jóvenes, el bullying casi siempre esconde una necesidad no satisfecha, una carencia del orden de la seguridad, básicamente afectiva, pero también cognitiva. Hay que tener en cuenta que toda agresión implica una percepción de amenaza a la sobrevivencia directa o bien a los recursos necesarios para sobrevivir, y aunque esta percepción puede ser tanto imaginada como real, lo cierto es que se trata de una práctica violenta sistemática contra un sujeto o grupo de sujetos específicos, donde ninguno de los dos sale ganando.

En un ambiente tan violento como el que hoy nos circunda en varios ámbitos de la vida cotidiana: interpersonal, de pareja, amical, laboral, escolar, social, institucional, el bullying suele ser su reflejo. A veces será posible desenmascararlo y eliminarlo, lamentablemente en la mayoría de las ocasiones esto sólo es un buen deseo. La gente sufre violencias por doquier y no sabe o no puede enfrentarlas, siendo la única salida resistirlas, resignarse a ser agredido, a ser la víctima, o a seguir siendo el victimario de muchos a través de sustituir una carencia por medio del uso del poder.

Algunas estadísticas recientes pueden darnos una idea de la situación del bullying en México. Según un informa de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) de 2021, México ocupa un oneroso primer lugar a nivel internacional en casos de acoso escolar en educación básica con 18 millones de niños y jóvenes afectados a nivel primaria y secundaria en escuelas públicas y privadas; de ellos 180 mil son considerados graves; y aquí se encuentra también el ciberbullying, que es esa práctica de violencia abusiva focalizada y sistemática que tiene lugar a través de las redes sociales.

Esta conducta de hostigamiento físico y psicológico afecta así a cerca del 25% de la población estudiantil en estos niveles en nuestro país. Es un dato alarmante. Sin embargo, de acuerdo con la organización no gubernamental Internacional Bullying Sin Fronteras, son 28 millones de niños y jóvenes los que padecen este maltrato casi a diario, es decir, el 40% de los estudiantes de educación básica, siendo el color de piel, las marcas físicas o psicológicas las características en las que más se enfocan los bullies para agredir. Esto es totalmente inadmisible.

Demás está decir que las consecuencias nocivas del bullying va más allá del agredido, pues como ya se ha dicho, el agresor pide a gritos que lo reconozcan y lo tomen en cuenta: ejercer el poder por el poder mismo siempre implica una carencia en ambos sentidos, ya sea a nivel afectivo o cognitivo.
Sin embargo, el problema es mucho mayor ya que el bullying afecta la convivencia escolar y laboral porque afecta el bienestar de todas y todos. Por eso es también un problema público. Esto tiene un peso enorme en la cohabitación política y social en nuestras sociedades porque con ello el bullying afecta también el desarrollo y ejercicio de los derechos impactando en la no consolidación de una cultura de derechos y respeto a la diferencia, al otro tal y como es.

Lo mismo pasa con el bullying laboral (llamado mobbing), donde el ambiente laboral se degrada por los constantes acosos. Aunque ni la violencia laboral ni la escolar son exclusivas de México, toda vez que se trata de un fenómeno de tipo mundial, las agresiones en el ámbito laboral en México reportan una incidencia de poco más del 12%, según estudios realizados en 2019. De esos, más del 40% están vinculados a acosos sexuales que sufren fundamentalmente las mujeres que son sobajadas a través de humillaciones, burlas y provocaciones de todo tipo que las hacen reaccionar de forma temperamental evidenciándolas. Esto, como se podrá notar, se inserta en las prácticas de violencia de género a las que son sometidas la gran mayoría de las mujeres en el mundo, y lamentablemente también en México. En estas conductas abusivas también entran el encargo de tareas excesivas que se sabe de antemano no se va a poder cumplir. Diversos reportes señalan al respecto que más del 70% del mobbing laboral es ejercido por los jefes.

Sin embargo, cifras de INEGI en 2020 señalan que 7 de cada 10 trabajadores sufren de mobbing laboral en nuestro país. En estos estudios se revela que cerca del 40% de los hombres y más del 48% de las mujeres han tenido que abandonar sus labores por prácticas de hostigamiento en sus centros de trabajo. El factor de la etnia configura aquí un indicador relevante pues cerca del 70% de estas mujeres son indígenas. Se trata de un tema en general invisibilizado por las políticas públicas generando un acercamiento prácticamente nulo al problema por parte de empleadores y gobiernos.

Lo dicho: el problema del acoso y hostigamiento físico y psicológico en los ámbitos laboral, escolar y en el ciberespacio va cobrando víctimas a cada paso, y cada vez con mayor frecuencia. En cualquiera de estas facetas, el bullying constituye una práctica inaceptable que revela, no obstante, la necesidad que tenemos todas y todos de construir y garantizar un ambiente social armónico y libre de violencia. No se trata de dejar en manos del agredido la responsabilidad de poner un alto, se trata más bien de un imperativo ético de convivencia entre lo diferente, sobre todo en un mundo como el nuestro donde la diferencia prima y donde el contacto con diversas personalidades, culturas, cosmovisiones y valores acusan la fértil y muy conflictiva gestión de la vida entre la diversidad humana.

Por eso es que las carencias de seguridad afectiva y cognitiva de los agresores no son solamente las causas de los acosos, la ausencia de programas y normatividades al respecto hacen de la cultura de la queja y la denuncia una quimera inalcanzable, naturalizando las violencias como prácticas que han ocurrido siempre, haciendo de las inseguridades de unos el calvario psicológico, emocional y físico de otros, y por si fuera poco interseccionalizando la desigualdad, la pobreza y el género al convertirse en una práctica que en el mundo adulto atraviesa otras esferas de discriminación, exclusión y no reconocimiento.

¿Qué nos asegura que aquel que ha agredido en la escuela no agreda en los ámbitos de trabajo también? ¿Qué nos asegura que quien ha sido agredido reiteradamente no agreda a su vez a otros cuando los perciba o considera en situación de desventaja o inferioridad? ¿Qué nos asegura que aquellos que observan la agresión y miran para el otro lado, que huyen de ella no vaya a ser que les toque, que la naturalizan minimizándola o bien incluso que la justifican con el consabido “se lo buscó”, no sea parte de un ciclo de reproducción de violencias que coarta salud, derechos, bienestar colectivo? ¿Qué nos asegura que de seguir por el mismo camino un día la violencia no llegue a nosotros mismos convirtiéndonos en víctimas de aquello que sólo veíamos padecer a los demás?

Como escribiera Martin Niemöller en aquella prosa desalmada de aquellos tiempos también desalmados:


Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a buscar a los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío,
Cuando finalmente vinieron a buscarme a mi,
no había nadie más que pudiera protestar.”

El bullying mata, como cualquier violencia, mata de súbito o despacio, pero mata siempre porque mata lo que somos como humanos al cercenar y anular nuestra humanidad. No lo permitamos porque es una tarea colectiva, nos involucra a todos porque todos podemos ser víctima de abusadores. La violencia es cosa seria. Entendámoslo y pongamos el ejemplo. No será rápido, pero será seguro.

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

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