La comida NO llena el vacío emocional…

Al inicio de la pandemia comenzaron a circular los infaltables memes. Buena parte de ellos hacían referencia al sobrepeso que se esperaba casi fatalistamente como consecuencia del quedarnos en casa. El hastío y la pasividad de los que el confinamiento empezaba a hacernos cómplices estaban siendo percibidos casi desde el inicio como caldos de cultivos perfectos para hacer de la comida el oasis del recluido.

Llamaba la atención. Apenas llevábamos confinados unos días y la referencia al ineludible atracón era notable. Familias enteras se mostraban cómicamente redondas, con prendas pequeñas que de tanto estirarse por la desfachatez de la gordura dejaban ver con algo de orgullo simplón el ombligo al aire de cada uno de los integrantes de la familia en turno. La comida magnificaba así su papel.

Claramente no se trataba de la comida que es necesaria para vivir, sino de la comida sin más, la que se emparenta con el ocio buscando medirse en otras lides mucho más imperiosas por la reclusión casi obligada, pero también mucho menos sanas porque comer por comer siempre lidia con la posibilidad de abusar de la comida.

Sabemos que la desidia, y su compañero de vida, el aburrimiento, encontraron en el confinamiento el escenario propicio para hacer de las suyas. Quienes viven solos han debido arreglárselas  con su Viernes “garnachero”, como el Robinson Crusoe de la famosa novela de  Daniel Defoe; quienes viven con otras personas seguramente han puesto a prueba –galleta en mano- la salud de su convivencia pues pasar todas las horas del día al lado de las mismas personas tiende a provocar las desavenencias propias del ir y venir de lo cotidiano. Y es comprensible: el confinamiento está siendo largo y la ansiedad se acumula.

Ante ello, los esfuerzos para resistir se merman poco a poco; algunas veces logramos sobreponernos, otras simplemente sucumbimos. Por ello en estos andares comer constituye una acción con potencial de abuso. Esto es parte de los nuevos retos en la experiencia del vivir que ha traído aparejado este tiempo raro donde la vida se ensancha tanto como se achica, se desdobla o se arruga en múltiples capas y cachitos hasta dejarnos exhaustos de incertidumbre.

Pero las frecuentes escapadas al refri, la despensa o la cazuela, no suelen traer buenos réditos, aun si es en aras de la unidad familiar donde la comida tiene desde siempre un efecto afectivo y aglutinador. El resultado de comer de más siempre es el sobrepeso y los problemas de salud a él asociados; aun si comemos de más en familia aprovechando la coincidencia, o si buscamos evadir el hastío con el azúcar y el almidón de aliados.

La comida no puede ser el sustituto de la compañía, ni tampoco el sustituto de la serenidad y la certidumbre que tanto necesitamos en estos momentos. Es necesario poner atención y comer alimentos ricos en nutrientes y sobre todo, hacer algo de ejercicio. Un cuerpo sano, bien alimentado y sin excesos, contribuye a mantener la mente sanamente activa. Canalicemos la ansiedad hacia otras actividades, diversifiquemos nuestro pasatiempos y, sobre todo, hagámonos cargo de nuestra salud. Es cierto que la pandemia nos llena de ansiedad e incertidumbre pero es falso que la comida juega un rol efectivo en su reducción. Estéticamente, engordar es lo de menos, lo de más es siempre una vez y otra la salud física, emocional y mental que pueden verse comprometidas si no estamos suficientemente atentos a esos momentos en que comemos simplemente por gratificarnos por cualquier cosa a través del acto de comer.

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