Autoviolencias masculinas. Quinta parte

Desde hace algunos cientos de años nuestras sociedades occidentales tienen una visión heteropatriarcal donde la heterosexualidad demerita la legitimidad de otras orientaciones sexuales. De esta manera, dicha visión rechaza y castiga todo lo que se salga de esa norma a través de prácticas, leyes, normas, comportamientos y dichos; y como esto tiene impacto no solo en la esfera de la sexualidad, sino en el ámbito de la procreación, de lo laboral y lo afectivo, la violencia que se ejerce desde el machismo al amparo de esta cosmovisión heteropatriarcal contra las mujeres, pero también contra los homosexuales, constituye una de las violencias más ominosas a la que un ser humano puede estar sometido: el de ser humillado, vejado, maltratado e incluso asesinado por ser quien es, sexualmente hablando.

Para poner las cosas en contexto se ha de decir que en México, el machismo causa la muerte, en forma de feminicidio, de 10 mujeres al día; pero otro dato escalofriantes revela que la esperanza de vida de la población transgénero y transexual en América Latina es de 35 años en promedio debido a el machismo.

El machismo mata, es la conclusión que inevitablemente hemos de sacar de estas cifras de espanto.

Incluso aquellos hombres criados y que continuamente reproducen el sistema heteropatriarcal sufren de machismo, lo que es fácil identificar a través de la manera en que los hombres se comportan consigo mismos y con los demás hombres, específicamente con los homosexuales, transgéneros y transexuales, a quienes reiteradamente se les hace menos por su orientación y preferencia sexual. Ahí, por ejemplo, anida la problemática de la virilidad que frente a la sexualidad diversa aparece casi siempre muy vinculada con el abuso y la fuerza bruta.

Como se dijo en la entrega anterior, buena parte de las autoviolencias asociadas al machismo tienen lugar en el marco del manejo de afectos y emociones. En este ámbito, los sentimientos de los hombres suelen volverse rígidos pues en lugar de simplemente vivir la experiencia del dolor, por ejemplo, las racionalizan tanto que le quitan todo vestigio de dolor y vulnerabilidad para responder así a lo que los demás esperan que sean.

Algo similar pasa con el enojo y la dificultad para su gestión debido primero a que el enojo masculino ha sido siempre una forma de mostrar la fuerza bruta sin que ello pueda parecer, incluso a los ojos del hombre, una acto violento pues a los hombres siempre se les ha permitido socialmente mostrar su enojo, incluso como parte de su virilidad. Sin embargo, esta situación se agrava ya que salvo el enojo y otros sentimientos similares, el resto de las emociones se reprimen, lo que provoca un incremento en la intensidad y duración del enojo que incluso puede llegar a convertirse en una conducta violenta, llena de intolerancias e irritaciones que atentan contra la salud emocional personal.

Es por eso que se puede decir que los hombres pagan un precio muy alto por el poder y los privilegios que tienen en una sociedad heteropatriarcal. No sólo las mujeres pagan el precio por vivir en una sociedad dominada por hombres, y creemos que es muy importante entender esto porque la única forma de vencer y terminar con el machismo es comprenderlo desde sus orígenes, y entenderlo como una autoviolencia sostenida por miles de años, que si bien jamás será justificable el dolor, la opresión y la deuda histórica que nos han causado los hombres a las mujeres, intentar comprender y analizar los inicios de la violencia y la sumisión es el primer paso para crear un mundo más igualitario.

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