Autoviolencias: el camino de la inconsciencia y el dolor. Tercera parte.

¿Cómo enfrentar las autoviolencias una vez identificadas? ¿Qué hacer con ellas? La respuesta es simple y directa: corregirlas; lo que significa desestructurarlas, aislarlas, para entender cuál ha sido su papel en nuestras vidas. Porque las autoviolencias son también el lugar donde nos evadimos, y muchas veces no nos damos cuenta en absoluto de ello. Insisto, hace falta un esfuerzo consciente para corregirlas porque la mera identificación no es suficiente.

Para aislar las autoviolencias se necesita entender qué ganamos con ellas. Aunque parezca insólito sacamos algún provecho de las autoviolencias, que generalmente se manifiesta en una especie de victimización. Nos sentimos víctimas. Y sí, lo somos, solo que de nosotr@s mism@s.

Piénselo ud. Básicamente, hay dos maneras de reaccionar ante lo que nos sucede, sobre todo a lo que nos sucede y es desagradable, incómodo, indeseado, violento. La primera es lamentarnos. Es una fase natural porque no deseamos lo que estamos viviendo. Ahí, en esa fase, podemos estar por mucho tiempo, aunque no es lo recomendable. Si nos quedamos en el lamento, recreamos el lamento y cada vez puede que le agreguemos más cosas pues necesitamos lamentarnos y mientras más, mejor.

Pero el lamento nos victimiza, y si hemos sido víctimas de otros, nos victimiza doblemente; solo que esta segunda vez nosotr@s somos nuestros propios victimarios. No lo vemos así porque por lo general tenemos una necesidad de afirmar nuestra condición de víctimas aunque tan solo sea por dejar en claro quién es quién en el suceso; o sea, quién es quien provoca el dolor y quién es quien lo padece.

Esto es un juego bastante peligroso pues si bien es necesario delimitar roles y responsabilidades, lo cierto es que en ello obviamos casi siempre alguna otra parte de la historia. Las personas menos conscientes de sí mismas evadirán su responsabilidad en el desencadenamiento de la situación; y a veces esta responsabilidad no es más que aquella de haber aceptado el juego desde un inicio.

Y hay que tenerlo claro: en las autoviolencias, es decir, en esos procesos a través de los cuales nosotr@s nos dañamos a nostr@s mism@s, lo que está debajo son experiencias de vida que nos han resultado exitosas en otros tiempos para evadir el dolor que implica enfrentarnos con la parte de responsabilidad que nos toca. E insisto, la responsabilidad propia en las autoviolencias suele estar relacionada con la falta de visibilidad o consciencia de nuestro papel en ellas.

Dirán que hay ocasiones en que somos violentad@s por otros y nuestra responsabilidad es nula en ello. Yo sostengo que no. Nuestra responsabilidad se implica todo el tiempo, a toda hora, en todo lugar. No es posible evadirla, a menos que queramos evadirla. Y esto es por lo general lo que sucede: las evadimos porque queremos hacerlo, aun y cuando no estemos conscientes de ello.

Una manera de salir del atolladero es reconociendo nuestra responsabilidad pues eso nos permite movernos en otra dirección. Aun siendo víctimas, si somos conscientes de que llevamos responsabilidad en mantenernos en esa condición, enfrentaremos el suceso doloroso con algo más que lamento; de hecho –casi puedo asegurar- no habrá lamento, habrá acción y acción efectiva.

Este es el otro camino que tenemos para reaccionar ante lo feo o desagradable que nos sucede. Ciertamente no es un camino de lamento, es un camino de afirmación del yo.

La vida no tiene sentido, el sentido se lo damos nosotros desde nuestro propio lugar y condición. Un sentido de lamento nos victimiza; un sentido de no lamento nos hace decidir nuestro próximo paso.

Sé que se dice fácil, aunque es bastante difícil llegar a lograrlo con naturalidad. Pero algún día hay que empezar. ¿No le parece?

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