Autoviolencias: el camino de la inconsciencia y el dolor. Primera parte.

Por lo general, cuando se habla de autoviolencias el suicidio aparece como una de sus manifestaciones más claras. Yo discrepo. En primer lugar porque referir a las autoviolencias como un acto y no como un proceso omite señalar el origen de las mismas; en segundo lugar porque lo anterior impide pensar en su corrección; y tercero, porque entender las autoviolencias como autoagresiones o autolesiones –que es como normalmente se les define- anula la posibilidad de comprender la trama inconsciente que tejen y que se teje, también, alrededor de ellas.

Pero veamos esto con más detenimiento para poder explicitar la perspectiva desde la que intento proponer un acercamiento distinto al concepto de autoviolencias.

Como el lector habrá notado, no hablo de autoviolencia en singular sino en plural, porque las autoviolencias –por su carácter de trama- constituyen una urdimbre de modos de hacer, pensar y sentir que literalmente vienen tejidos, anudados, unos con otros; de ahí la dificultad no solo para corregirlas sino incluso para identificarlas. En ese sentido, las autoviolencias no pueden ser nombradas ni explicadas de forma aislada las unas de las otras; por el contrario, unas llevan a otras, otras a otras más, y así sucesivamente a todo lo ancho y largo de nuestra experiencia de vida.

Por lo general, las autoviolencias no se viven como violencias que nos infligimos nosotr@s mism@s, aunque los efectos dolorosos –tanto en el cuerpo sensible como en la consciencia y la mente- resultan visibles casi siempre en forma de incomodidad, malestar, ira o depresión.

La manera en que las autoviolencias se manifiestan, en tanto emergen atadas a un suceso específico,  conducen a reacciones emocionales de diverso tipo que suelen asociarse con el suceso en cuestión. Por ello es que esta relación casi lineal entre manifestación o efecto de la autoviolencia y el suceso que desata la incomodidad o el malestar invisibiliza a la autoviolencia como una forma de violencia que nosotr@s mism@s nos procuramos, con independencia del suceso que nos resulta doloroso o incómodo de asimilar.

A partir de ello resulta tentador para much@s resolver la situación problemática que se presenta a través del suceso percibido como negativo evitando su aparición una vez más. Es lo que se conoce en el argot popular como tirar al niño con el agua sucia. Por lo general, cuando algo nos molesta o incomoda, o nos pone tristes o iracundos, somos conscientes de que lo que detona estas reacciones es algo en particular. Y este algo es un suceso.

Así, creemos, que evitando el suceso, nos evitamos la molestia o el dolor que nos causa. Pero, lamentablemente, este es un método poco eficaz pues una nueva situación es capaz de volvernos a sumir en el dolor y la sensación de fracaso que suele estar asociado a estos eventos. Así, nos la pasamos evitando situaciones incómodas, dolorosas; o bien, enfrentándolas con los mismos recursos de siempre, recogiendo magros resultados.

Y es que el asunto no está en evitar o enfrentar la situación, sino en entender por qué reaccionamos nosotros de un modo violento o melancólico ante ella, un modo que, atención, sentimos –sabemos- que nos hace daño. Por eso es posible preguntarse con toda franqueza ¿qué, de esa situación, nos interpela tan hondamente y por qué? Esto es lo que habría que determinar, lo que requiere primero una especie de “darse cuenta” de que estamos incómod@s o molest@s, básicamente con nosotr@s mism@s. Pero de esto hablaremos en la próxima entrega.

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