Tolerancia y democracia

Ballot box with person casting vote

En las sociedades contemporáneas, mayormente organizadas bajo el paradigma de la democracia, el respeto a los demás, la igualdad de creencias y opiniones, y la convicción de que no existen verdades ni valores absolutos, constituyen atributos de apertura y tolerancia. Lo opuesto a ello es la intolerancia, propia de regímenes totalitaristas.

Así vista, la tolerancia posee una doble condición: la de ser virtud moral y virtud política. Moralmente, la tolerancia resulta de la aceptación consciente y positiva de las diferencias tanto a nivel personal como colectivo; pero políticamente la tolerancia configura un modo de establecer relaciones sociales sanas y armónicas entre personas y también entre los distintos grupos sociales y culturales que cohabitan en una determinada sociedad. En ambos casos, lo anterior se halla atravesado por el cumplimiento de los derechos humanos, que son el eje de la vida democrática.

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Teniendo en cuenta que la tolerancia es una actitud que se esfuerza por el reconocimiento de las diferencias –pues dicho reconocimiento no es natural, sino que se aprende-, se hace necesario destacar que la tolerancia permite la comprensión del otro, activando con ello también su derecho a ser y a ser reconocido como distinto. Es por ello que la presencia de la diferencia y la diversidad humana hace necesaria la tolerancia, sobre todo en nuestras sociedades contemporáneas y globales donde la migración –que trae consigo a ese otro diferente-, por ejemplo, se ha vuelto un serio problema al respecto.

Hay que tener en cuenta que estas diferencias no sólo se activan por cuestiones de creencias y opiniones religiosas, políticas, de vida, etc. , sino también por temas vinculados al color de piel, el sexo, la clase social, e incluso las edades. Sin tolerancia, todo ello puede, eventualmente, construir relaciones de poder entre las personas, sobre todo cuando las diferencias de unos son percibidas por otros como amenazas o peligros, debilitando así las posibilidades de integración y cohesión social.

Las sociedades plurales, como se caracterizan en su mayoría las sociedades actuales, están llamadas por ello a enfrentar el reto de la convivencia y coexistencia entre personas distintas. Y es que el respeto al otro, el respeto y aceptación de la diversidad en general –de etnia, de lengua, de creencias, de costumbres, de sexo, de edades, de inteligencias, de territorio, de preferencia sexual, entre otras- forma parte de la tarea que hay que hacer para actuar con tolerancia.

All hands together, racial equality in team

Como se puede ver, lo anterior invita a vivir juntos de una mejor manera; algo imposible de ser alcanzado sin antes ejercitar la tolerancia en todos y cada uno de nuestros actos y pensamientos. Por eso sin tolerancia la democracia misma muere, en tanto la forma y estilo de vida más justo y equitativo que nos hemos podido dar hasta el momento. En democracia, aún necesitada de correcciones importantes, dos aspectos se convierten en los pilares fundamentales del buen vivir: la igualdad y la libertad; ambos, además, importantísimos para el logro y sostenimiento de la paz social.

Pero tolerar no significa aceptar sin más. Tolerar no significa asumir que todo lo que los demás digan está bien. Tolerar implica respetar, aun y cuando no se comparta aquello que se respeta. De esta manera, respetar es otorgar al otro la posibilidad de ser, hacer y decir aquello que su propia educación, su propia cultura le señala como bueno, siempre y cuando –claro- no dañe a terceros.

Es en ese sentido que la tolerancia contribuye con la democracia mediante el respeto al otro y la garantía de sus propios derechos, lo que hace necesario la realización de un esfuerzo para reivindicar la dignidad humana en toda su extensión, complejidad y diversidad. Esa es la única forma de reconocer al otro en su propia dignidad, tan digna como la nuestra. Esto es lo que se garantiza a través de los derechos humanos. Por ello, exigir el derecho que tenemos de ser quienes somos deberá traducirse a su vez en la exigencia del derecho de los otros a ser y ser reconocidos como son.

Handshake - Hand holding on black background

Pero, claramente, la tolerancia tiene límites pues hay actos, actitudes, creencias o situaciones que sencillamente no pueden tolerarse, como sucede con aquellas donde se transgreden y vulneran los derechos de los otros. No todo se vale.

La verdadera tolerancia se fundamenta en la convicción de que excluir lo diferente es moral y políticamente un acto indebido. Se trata así de una postura que cobra sentido más allá de la neutralidad o la indiferencia, para situarse como una problemática social que implica tanto a las personas individualmente como al Estado.

Es este último el que debe garantizar los derechos de todos, a sabiendas que somos distintos. Y es aquí donde la tolerancia, como mecanismo que promueve el respeto a la diferencia, se puede entender como herramienta política, es decir, como instrumento para la realización de sociedades más incluyentes y equitativas, que son precisamente aquellas que el mundo de hoy está necesitando con urgencia.

 

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