El humanismo como valor y estilo de vida

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El humanismo viene de humano, específicamente de lo que atañe al ser humano, es decir, su humanidad. Pero se trata de esa parte buena de la humanidad, por decirlo de alguna manera. El humanismo no se centra en la envidia, en el egoísmo o en la agresión, sino más bien en lo más virtuoso que tiene la naturaleza humana: el amor, la solidaridad, la compasión, la justicia, la generosidad, y por supuesto también la razón.

Como doctrina filosófica, el humanismo busca transformar la condición humana desde el punto de vista ético, integrando en la base de dicha transformación aspectos clave como la dignidad, la autonomía y la igualdad humanas, que son aspectos que constituyen el punto de partida de cualquier camino que nos lleve a ser mejores seres humanos.

El humanismo, así entendido, pretende construir una dinámica de humanización que haga del mundo en que vivimos un lugar digno para el ser humano, lo que a su vez se relaciona con la garantía y el disfrute de sus derechos. De esa manera, el humanismo se propone como eje del buen vivir, tanto a nivel individual como colectivo.

 

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Desde el humanismo, la confianza en el ser humano, constituye el compromiso con una vida digna, donde el ser humano nunca es “medio para”, sino un fin en sí mismo. Por ello, el humanismo busca poner atención en el ser humano como ser que vale por sí mismo, desacreditando con ello toda noción que lo cosifique o lo instrumentalice.

En ese sentido, el humanismo constituye al mismo tiempo un valor y un estilo de vida.

Valor porque siendo humanistas nos ponemos del lado del ser humano, y concretamente de su comprensión como individuo ante las vicisitudes de la vida, lo que impacta a su vez en su comprensión como persona inserta en un entramado de relaciones de diverso tipo: desde aquellas que establece con los demás seres humanos, hasta las que se dan con instituciones como la escuela, la religión, los medios, la política, entre otras, e incluso con el ambiente.

En cuanto al estilo de vida, el humanismo se centra en la procuración y reproducción de una forma de ser humano. Se trata, como ya hemos dicho, de una manera de relacionarse con los otros, donde prime el respeto, la generosidad, la bondad, la confianza,  la compasión y el altruismo. Todo ello, sin embargo, se logra solamente a través de comprender al otro como un semejante, es decir, como digno humanamente, como merecedor de un trato humano.

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Como el humanismo promueve la consciencia de pertenecer a un destino común, o sea, al género humano, pone su atención en la unidad y en la cohesión. Ambos aspectos resultan cruciales para entender que la dignidad humana no puede vulnerarse sin alterar e incidir en la forma en que tienen lugar las relaciones humanas que hacen posible la sociedad. La dignidad humana se revela así como la base de toda propuesta humanista. No es posible pedir menos.

Para el humanismo el ser humano es digno por ser humano, y nada puede ir contra eso. Desde esta perspectiva, todo lo que atente contra la dignidad del ser humano –desde su nacimiento hasta su muerte- constituye una forma de quebrantar y atropellar el derecho que todo ser humano tiene a ser tratado dignamente por el solo hecho de haber nacido humano.

Por ello, el humanismo exige que cada vez seamos más humanos; que cada vez honremos con nuestro hacer y nuestro pensar la parte más noble de nuestra condición humana. Ciertamente se trata de un proceso; más bien de un aprendizaje, porque aunque todos nacemos humanos hay que aprender a dar y darse como humanos para consolidar esa humanidad. En la pedagogía hay un campo fértil para ello, pero en ocasiones –y no pocas- suele bastar con el ejemplo; de ahí la importancia del ejercicio del humanismo en las familias, que es el primer y más importante bastión de enseñanza.

Por eso el humanismo es más bien una práctica y hace falta ejercitarlo. Si logramos tenerlo en mente siempre, es bastante probable que nuestras actuaciones estarán mayormente guiadas por este necesario valor. Y si esto se logra mantener a lo largo del tiempo, aun y cuando tengamos que perfeccionarlo, actualizarlo e incluso corregirlo, habremos dado un paso importante para hacer de éste un mundo más humano y definitivamente un mundo mejor.

 

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