Hablando de amor propio… Aprender a amarnos

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El amor propio o amor a sí mismo ha sido uno de los tópicos filosóficos más agudos; sobre todo si se tiene en cuenta que el amor a sí mismo suele ser visto y entendido en nuestras sociedades occidentales como egoísmo.

Contrario al egoísmo, el altruismo supone el amor por los demás. Así, egoísmo y altruismo facturan una ecuación de valores contrapuestos que, de forma maniquea, entendemos por lo general como negativo y positivo, respectivamente. Sin embargo, el amor propio no necesariamente se contrapone al amor por los demás.

El amor propio evidencia el aprecio por sí mismo, lo cual, en dosis adecuadas, es esencialmente bueno, correcto. Amarse significa querer el bien para sí, de manera que ello genera una aproximación positiva al yo que lo afirma a su vez en términos morales. La licitud de este autoaprecio se instala en el sujeto haciendo de él una unidad. De esta manera, desear el bien para sí mismo y autocomplacerse con la posesión de ese bien es también una manera de que el sujeto se integre a la sociedad, al bien común, desde una concepción positiva de su identidad.

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De alguna manera, el amor propio requiere una especie de desdoblamiento del yo: como sujeto y como objeto, donde el yo como sujeto activa su amor por sí mismo, al tiempo que el yo como objeto se representa como algo querible. Se trata, a fin de cuentas, de construir la autoestima. Y es que el amor propio implica una acción de autovaloración positiva, o sea, una forma de construir valoraciones personales positivas, afirmantes, de nuestro yo.

Así, tenemos que el amor propio se revela en cuestiones como las siguientes: qué pienso de mí, cómo me caracterizo y califico mis acciones, desde qué lugares o instancias subjetivas me relaciono conmigo mismo, cómo me posiciono con respecto a los demás, a lo que hacen, dicen, piensan o sienten, etc.

Lo relevante del amor propio, no obstante, no es construir porque sí un valor personal sobre nosotros mismos, sino que como desde ese valor personal nos relacionamos con los otros, con los demás, lo relevante del amor propio es que según nos valoremos, así nos tratamos y así permitiremos también –sobre todo- que los demás nos traten. De esa manera, es posible evidenciar que el amor propio es el resultado de nuestros valores personales, los que a su vez obedecen a nuestros indicadores de autoestima.

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Aquí juega un papel importante el primer núcleo básico de socialización: la familia. Ya sea que el entorno familiar no haya podido propiciar la emergencia correcta y sana de nuestra autoestima, ya sea porque hayamos tenido experiencias negativas que nos hayan socavado la manera en que nos vemos a nosotros mismos, lo cierto es que una característica negativa atribuida a una persona durante su infancia en el seno familiar, puede llegar a formar parte de la imagen que tiene de sí, afectando así su valor personal.

Pero también el entorno sociocultural, en la necesaria e insoslayable relación con el otro, puede hacernos potenciar o disminuir nuestra autoestima, tal y como sucede con los apelativos y calificativos en torno a la identidad cultural o social de las personas. A su vez, ello va estrechamente relacionado no sólo con la posición social y cultural que generalmente vertebra la identidad y la autoestima en función de tener o no tener, de vivir en un lugar o en otro, de estudiar o no, etc., sino que también el hecho de tener la piel clara u oscura, ser mujer u hombre, heteronormativo o transexual, y algunas otras dicotomías semejantes, constituyen fuentes externas que permiten moldear nuestra autoestima, y no siempre para bien.

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En el entendido de que el amor propio guarda relación con cómo nos cuidamos a nosotros mismos, si bien lo anterior nos permite dar cuenta de cómo algunos aspectos externos indeseables pueden facturarnos una autoestima deficiente o negativa, el amor a sí mismo es –salvo en los casos de egoísmo extremo- no sólo válido en términos morales, sino necesario en términos de una supervivencia sana y feliz.

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En ese sentido, en el entendido de que nuestro mundo interior y exterior se retroalimentan constantemente, constantemente también estamos expuestos a las afectaciones posibles que nos llegan desde el exterior. Cuidarse uno mismo es responsabilidad de todo adulto pues nadie vela por nosotros más que nosotros mismos. Es indispensable pensarnos, sentirnos y autocorregirnos. Eso no sólo nos hace humanos, sino humanos plenos, sanos y felices; aptos –sobre todo- para dar a y recibir de los demás, convencidos de nuestro propio valor personal, identificativo, y también –claro- de nuestro propio automerecimiento.

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