3.- Depresión como un problema de salúd pública en México

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Del conjunto de trastornos mentales en nuestro país, el 14% corresponde a padecimientos mentales como la depresión y la angustia, siendo las poblaciones más afectadas jóvenes, mujeres y adultos mayores. En el caso de los jóvenes, esto se debe a que prácticamente la mitad de quienes padecen depresión han empezado a padecerla antes de los 21 años. De hecho, podemos decir que la edad de inicio de los trastornos depresivos se encuentra en las primeras décadas de la vida, aunque cuando éstos se presentan antes de los 18 años el curso de la enfermedad suele ser crónica y con una mayor duración.

La Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica en México revela que existe un enorme déficit de atención de pacientes con depresión, que incluye al menos al 75% de los casos graves y/o moderados, y poco más de la mitad de los jóvenes entre 12 y 17 años. Las cifras señalan que sólo 1 de cada 5 personas con trastorno depresivo han sido diagnosticadas y tratadas adecuadamente, y aunque entre las causas de esta desatención se encuentran muchas veces problemas sociales y culturales relacionados con la enfermedad (de los cuales nos ocuparemos en próximas entregas), lo cierto es que este fracaso tiene dos explicaciones: la primera es la omisión del propio paciente que muchas veces no sabe que está enfermo de depresión. Un dato interesante al respecto es que el promedio de tiempo que pasa entre que un paciente reconozca síntomas depresivos y acuda por ayuda especializada es de 14 años. El asunto se agrava al conocer que muchos jóvenes con depresión buscan ayudan en consultorios y escuelas, desestimando la más de las veces, por falta de conocimiento, la ayuda especializada.

La segunda implicación, en cambio, se halla asociada al propio sistema de salud que se ve rebasado por una estructura deficiente. México tiene un total de 46 hospitales psiquiátricos y 22 instituciones médicas cuentan con especialidad en psiquiatría, pero sólo hay 3.6 psiquiatras por cada 100 mil habitantes.

Como se puede ver, el panorama institucional aunado a problemáticas de diagnóstico y la demora en la petición de ayuda, hacen del trastorno depresivo una bomba de tiempo en términos públicos.

Sin embargo, comparado a nivel internacional, y a pesar del aumento mundial del trastorno en las últimas décadas, México se encuentra, junto a países como China, India y Sudáfrica con tasas bajas de prevalencia. Y aunque la pobreza es uno de los factores de riesgo que correlacionan con la depresión, el hecho es que no hay una diferencia muy notable entre pacientes con depresión en países con ingresos económicos altos y bajos, o medio-bajos. Sin embargo, el bajo nivel educativo, generalmente asociado a condiciones de vida en pobreza, se reveló como un indicador confiable en ese sentido.

Por lo general, como hemos dicho, la depresión se clasifica en aquellas de tipo crónico y aquellas de tipo ocasional, intermitente. Y para ambos casos la percepción de discapacidad es mayor en trastornos mentales que en los físicos, sobre todo por el grado de afectación social que tienen y en el ejercicio de las actividades cotidianas. Señala la Encuesta Mundial de Salud Mental que, para el caso de México, un paciente con depresión pierde entre 7 y 27 días productivos, en función de la gravedad del padecimiento.

A ello se suma la lista de padecimientos de otro tipo que se relacionan con la depresión, entre los que se encuentran: diabetes, cáncer, enfermedades cardiovasculares, tensión arterial, ansiedad, desnutrición, Parkinson, intestino irritable, ideación suicida, entre otros, generando así una mayor discapacidad.

 

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En algunos casos la depresión antecede a otro padecimiento; pero en otras, incluso, llega a inducirlo. En el caso de traumatismo, la depresión se debe a episodios de violencia o abuso sexual en la infancia; o también puede suceder que los hijos de padres con depresión la sufran a su vez.

Pero de acuerdo con Berenzon et al. (2013) es bastante probable que la presencia de síntomas depresivos esté relacionada fuertemente con el maltrato, la falta de oportunidades y la violencia, aunque personas con enfermedades físicas graves también constituyen una población en riesgo. Por ejemplo, según la World Federation of Mental Health (2010) en las personas enfermas de diabetes, el riesgo de depresión es dos veces más alto que las que no presentan esta enfermedad. Para la población con asma u obesidad, el riesgo aumenta tres veces y para los que sufren de dolores crónicos, cinco.

En el caso del consumo de drogas, las personas que pueden desarrollar depresión se revela entre 25 y 50%, y 10% para el caso de la ansiedad, lo que afirma el dato de que el 32% de consumidores habituales de droga o alcohol, presenten algún tipo de trastorno afectivo. No hay que olvidar, tal y como señala Calderón Narváez (1981) que toda persona con depresión es en potencia un suicida. Por eso, además de los altos niveles de discapacidad que acarrea, la depresión se asocia siempre con un mayor riesgo de muerte prematura.

Volvemos en la próxima entrega con una descripción más detallada de los tipos de depresión, sus características y sus síntomas más importantes.

 

 

 

 

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