El potencial positivo de la ira y miedo

Scream of anger

Por Claudia Garibay

Miedo e ira son, junto a la ansiedad, la tristeza, la vergüenza y la aversión, emociones consideradas “negativas”. La base de esta conceptualización se basa en el rechazo que culturalmente se le tiene al tipo de reacción desencadenante que provoca. Sin embargo, si se entienden las emociones como lo hace Norberto Levy (s/f), como señales de un problema, y no como el problema en sí mismo, esta percepción puede cambiar, al tiempo que homogeneizaría la propia definición de emoción respecto a las también mal llamadas emociones “positivas”. Por otra parte, el rol de las emociones en la promoción de la salud o génesis de una enfermedad, así como en sus implicaciones terapéuticas, juegan un papel relevante en la dicotómica conceptualización entre emociones positivas y negativas.  Por ello hay que decir que esta clasificación no es correcta.

Según LeDoux (1999), las emociones son el resultado de mecanismos cerebrales, distintos según la emoción, que normalmente, para el caso de animales con consciencia, van acompañadas de sentimientos (componentes conscientes de la emoción). Los mecanismos cerebrales que se dan con el miedo (a través de la evitación del peligro), la búsqueda de alimento y el deseo sexual (reproducción), aparecen en estadios primitivos de la evolución y se han conservado hasta llegar al ser humano. Así es que se entiende que los mecanismos cerebrales de la emoción juegan un papel importante en la supervivencia.

Desde los tiempos de Hipócrates, alrededor del siglo V a C., la relación entre los procesos mentales y orgánicos es motivo de preocupación y análisis. Pero si bien desde la Antigüedad, la reflexión sobre las emociones ha transitado mayormente por la filosofía (San Agustín y da Vinci se encuentran también entre estos pensadores), la investigación clínica y experimental al respecto es relativamente reciente. Como afirma Belmonte (2007) la humanidad ha tardado siglos en entender que el cerebro es el asiento de las funciones mentales, incluyendo las emociones.

Pero es casi evidente que las emociones no sólo están vinculadas a la supervivencia biológica, sino también a los aspectos racionales de la conducta. Damasio (citado en Belmonte, 2007) sostiene que la toma de decisiones implica, a nivel cerebral, una rápida representación mental de las posibles situaciones y consecuencias vinculadas a la decisión. En este proceso, señala el autor, se activan componentes emocionales de las alternativas evaluadora y eso juega un papel muy importante en la selección de la opción más ventajosa para el individuo.

Desde la teoría cognitiva de la emoción, se parte del planteamiento aristotélico en torno a la dependencia de las emociones respecto a las creencias que las sostienen. De esa manera, las diferencias de valoración de una situación son constitutivas de las diferencia de la emoción, y esto es posible porque se cree que las valoraciones, entendidas como la propensión del individuo a valorar, al tener una eficacia causal tienen una base estructural en el cerebro que, a la manera de disposiciones, permiten modificar la conducta del individuo; ésta, a su vez, depende de los criterios de valoración que posea dicho individuo en términos de las creencias formadas previamente ante un evento, situación u objeto que las provoque.

Ante la evidente relación entre emoción y cognición, en el próximo blog explicaremos el miedo y la ira bajo estas premisas, no sin antes realizar un muy breve recorrido conceptual abonando al terreno de la reflexión en torno a las emociones.

Fear

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