El Contacto, el miedo, la ira, los bloqueos… Primera Parte

Por Claudia Garibay

Beautiful Young Caucasian Woman Peeking Through Fingers

Uno de los fundamentos de la Gestsalt, es ESTAR con más conciencia y contacto con nosotros y con la vida a través del darnos cuenta de lo que nos pasa y de cómo nos pasa.

Si el contacto posibilita el encuentro de la persona con lo que vive, con uno mismo, con el Otro y con el medio ambiente. Si en la medida en que tomamos contacto con nuestras propias necesidades y emociones, podemos entender cómo operan nuestros pensamientos y sentimientos y los del Otro.  ¿Por qué la tendencia a desensibilizarnos en nuestra experiencia personal?

En mi opinión se debe a dos emociones que nos rebasan: el miedo y la ira.

¿Qué es el miedo?

Según Wikipedia, “el miedo o temor es una emoción caracterizada por una intensa sensación, habitualmente desagradable, provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta en todos los animales, lo que incluye al ser humano. La máxima expresión del miedo es el terror. Además el miedo está relacionado con la ansiedad”.
El miedo es un instinto común entre todos los seres humanos, muchas de nuestras actitudes ante la vida están condicionadas por los temores que tenemos en nuestro interior.

¿Cómo se percibe el miedo?

Se percibe como inquietud, nerviosismo, es una sensación de incapacidad de enfrentarse a los desafíos de la vida diaria.  Como una desincronización entre la mente y el cuerpo, como si la persona no estuviera bien asentada en el mundo y no pudiera relacionarse ni con ella misma, ni con el medio ambiente.  Es cuando la carga de lo que se tiene que afrontar es tal que la persona simplemente se ahoga.

A menudo, las personas con miedo se hacen daño a ellas mismas (Retroflexión).

Dice Chögyam Trungpa que “convertirse en guerrero y enfrentarse a sí mismo es una cuestión de honradez, no una condena”.  Es decir, si el momento existencial nos parece miserable y más negro que un “agujero negro”, la cuestión es afrontar los hechos.  Es aprender a mirarnos, sin condenarnos.  Reconocer que nos sentimos perfectamente miserables, ver la oscuridad real.   Entender que en la parte opuesta de esa oscuridad, hay luz, que todos somos  esa luz a la cual podemos  aspirar  y,  por ende, a  la salida del sol.

En la psicoterapia Gestalt se hace posible encontrar a ese Maestro que nos acompañe a lo largo del camino.  Al principio puede haber resistencia de permitir que alguien entre en nuestro mundo y le inyecte algo a nuestra existencia; y, sin embargo, es el mayor avance que podemos experimentar en nuestra vida.

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¿Qué es la ira?

Según Wikipedia, “la ira o rabia es una emoción que se expresa con el resentimiento, furia o irritabilidad. Los efectos físicos de la ira incluyen aumento del ritmo cardíaco, presión sanguínea y niveles de adrenalina y noradrenalina. Algunos ven la ira como parte de la respuesta cerebral de atacar o huir de una amenaza o daño percibidos. La ira se vuelve el sentimiento predominante en el comportamiento, cognitivamente, y fisiológicamente cuando una persona hace la decisión consciente de tomar acción para detener inmediatamente el comportamiento amenazante de otra fuerza externa.  La ira puede tener muchas consecuencias físicas y mentales”.

La ira puede llegar después del TEMOR (por ejemplo, de que un hijo se lastime).

La ira también puede llegar desde la FRUSTRACIÓN (intentamos infructuosamente llevar adelante una tarea, porque un obstáculo se nos interpone en forma permanente).

Si nos sentimos CELOSOS y; por lo tanto, AMENAZADOS podemos disfrazar nuestras reacciones primarias con sarcasmo, y, por ejemplo, sentir el impulso de agredir verbalmente a nuestro cónyuge.

Incluso la FATIGA puede transformarse instantáneamente en hostilidad. También la TURBACIÓN puede desatar la ira, y la HUMILLACIÓN transformarse en furia.

El saber que la ira generalmente cubre una emoción anterior nos ayuda a manejarla con más eficiencia. El verla como un código la hace menos amenazante. 

La ira es percibida a través de todos los sentidos.  Los músculos se tensan, cual bomba a punto de estallar. Es como si dentro de nosotros hubiera un bebé berreando, sufriendo y llorando, demandando atención. Dan ganas de  morderse la lengua para no hablar, por temor a que salgan sapos por la boca.  La mayoría de las personas la ocultan o disfrazan, creyendo que así no se va a sentir.  Cuando alguien dice o hace algo que nos hace enojar, sufrimos. Entonces, tendemos a decir o a hacer algo para hacer sufrir al otro, con la esperanza de que sufriremos menos y llegamos a pensar: “quiero castigarte y hacerte sufrir y cuando te vea padecer, me sentiré mejor”.

Thich Nhat Hanh dice que: “puedes transformar la basura de tu ira en la flor de la compasión…”

Para hacerlo hay que abrazar y reconocer que la ira está ahí y posteriormente aprender a observarnos para conocer su origen y cómo ha surgido.

En la medida en que practiquemos el ser consciente, podremos percibir que la principal causa de nuestro sufrimiento, de nuestra desdicha, no es otra persona, sino la ira que hay en nosotros y sólo así dejaremos de culpar a otros de nuestro sufrimiento.  Y esta pequeña realización nos hará sentir mucho mejor: aprender a reconocer y a manejar nuestro sufrimiento para no irlo repartiendo por ahí.

Escuchar al Bebé herido dentro de nosotros, es fundamental, acercarnos a él, abrazarlo, pedirle que nos cuente su sufrimiento y nos muestre su dolor, nos dará la pauta para  sentirnos de veras vivos.  Con una sensación de profundidad y de libertad, como si aprendiéramos a salvarnos.

 

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