¿Por qué permito que me peguen?

Se cree muchas veces que la violencia es el acto físico de pegar, golpear, magullar, abofetear, provocando un daño físico al cuerpo o al rostro de la persona que se agrede. Por lo general, cuando somos testigos o víctimas de actos de violencia física, tendemos a enmarcar el acto de violencia en la situación específica de violencia que se desata (pegar, acuchillar, ahorcar, asfixiar, cachetear, envenenar, disparar, etc.); pero esto es como pensar que la violencia es sólo lo que se ve, aunque lamentablemente la violencia es mucho más. De hecho, no empieza ni acaba en el acto de violencia, sino que es un fenómeno más amplio y complejo.

Incluso cuando la vida de la víctima ha sido segada, cortada, detenida, ya sea en un acto de guerra o en un feminicidio, hay que tener en cuenta que esa violencia ha empezado mucho antes de ser ejercida y que está lejos de acabar. La violencia no sólo es un problema personal, sino público. Es un fenómeno en el que todas y todos deberíamos participar en su erradicación y control pues se trata de provocar daño y perjuicio a otras personas, violentando su bien-estar.

¿Alguna vez te has preguntado por qué una persona le hace daño a otra?, es decir, ¿qué tipo de cosas desencadenan la violencia de una persona contra otra? Aunque a primera vista la respuesta podría ser sencilla, lo cierto es que la violencia es bastante más difícil de entender y prevenir de lo que pudiéramos suponer. Veamos, por ejemplo, qué sucede con la violencia doméstica e interpersonal.

En el ámbito del hogar, en el escolar o el laboral tienen lugar múltiples tipos de violencia que suelen ser ejercidas por familiares, amigos, parejas, jefes o compañeros de trabajo. Se trata de gente conocida a la que por lo general nos une un vínculo afectivo, lo que hace mucho más difícil de procesar el acto de violencia para sanar sus consecuencias. Por eso, mientras más estrecha sea la relación entre agredido y agresor sufrir un acto de violencia suele experimentarse como algo doblemente doloroso.

De todos los tipos de violencia que existen, la violencia física resulta ser la más visible ya que queda expuesta ante los ojos de los demás porque las marcas en el cuerpo y en la cara siempre son difíciles de ocultar. Sin embargo, la gente que ha sido violentada físicamente sabe que esta violencia es algo más que golpes porque deja una huella emocional muy honda, una huella que quizá no se vea pero que tampoco es fácil que se vaya. Esa es la razón por la que entre la violencia física y la violencia psicológica o emocional hay un camino de doble vía, como si fuera un puente que se transita de ida y vuelta.

Aunque los expertos no se ponen de acuerdo en definir lo que es violencia, en el caso de las violencias domésticas e interpersonales parece haber acuerdo sobre que es un acto frecuente de sometimiento de una persona por otra, donde se intenta coartar la voluntad y la libertad de la persona sometida, afectando su integridad y bienestar físico y psicológico. Precisamente por lo anterior, los expertos también señalan que las violencias domésticas e interpersonales siempre tienen un fin concreto, que es lograr satisfacer los deseos del agresor.

Estos deseos tienen que ver con someter a la víctima, es decir, con dominar o doblegar por la fuerza su voluntad a voluntad del agresor. Esto es especialmente común en los casos de violencia doméstica e interpersonal, en particular en lo que respecta a la violencia de género, que es una violencia que se ejerce específicamente contra la mujer. Por eso es que se puede decir que este tipo de violencia nunca pasa porque sí, o porque el agresor pierde el control de sí mismo, o porque no sabe qué está haciendo. Al contrario —y esto hay que tenerlo muy claro— la violencia doméstica e interpersonal ocurre porque el agresor busca dominar y puede dominar a su víctima, lo que coloca a la violencia como un problema de intención y de poder: de hecho, de intención de ejercer el poder.

La intención de ejercer el poder se da al interior de las relaciones de dominación, es decir, de una relación en la que una persona siente, piensa y actúa como si tuviera el poder y la razón para imponer sus deseos, puntos de vista e intenciones personales a la otra persona que siente, piensa y actúa a su vez como si no tuviera ni poder ni razón para hacer lo mismo. Como se puede ver, una relación de dominación es una relación desequilibrada, desbalanceada, en tanto se basa en “jugar” las posiciones de dominador-dominado.

Aquí es importante entender que no hay dominador sin dominado, como tampoco hay dominado sin dominador. En ese sentido, aunque duela aceptarlo, en las violencias domésticas e interpersonales, el agresor no es el único responsable, la víctima también lo es. Sin embargo, al hablar de responsabilidades en la víctima debemos ser cuidadosos para no hacerla víctima de su agresor y de sí misma. En muchas ocasiones, la víctima se ve imposibilitada de transformar esos patrones pues literalmente le va la vida en ello o se halla amenazada de forma frontal y directa, ya sea ella misma o sus seres queridos; en otras ocasiones —diría que en la mayoría— la víctima no está consciente que reproduce patrones de sentimiento, pensamiento y comportamiento que la colocan en la posición del dominado.

Antes de que la violencia física brote, por lo general, aparecen antes varias formas de abuso y maltrato que pueden encender las alertas: insultos, burlas, humillaciones, desprecios, desconsideraciones, aislamientos, prohibiciones, órdenes, etc., son algunas de ellas. De manera consciente o no, con todas estas acciones —recordemos que deben ser reiteradas, frecuentes— el agresor busca crear un sentimiento de inferioridad en la víctima que por lo general suele estar acompañado de baja autoestima, sensación o percepción de no contar, sensación o percepción de debilidad o incapacidad para llevar a cabo determinadas tareas, entre otros sentimientos de desempoderamiento.

Por contraposición, mientras más débil, incapaz e inferior se sienta y se crea la víctima, más poder tendrá el agresor sobre ella; y mientras más poder tenga un agresor sobre una persona más violencia creerá que tendrá razón de ejercer. Se trata de un “juego” de suma cero para la víctima, es decir, un “juego” donde el agresor gana y la víctima pierde, incluso la vida. La violencia mata, y mata tanto física como psicológicamente. Física porque literalmente otro puede sentirse y creerse dueño de uno como para determinar cuándo, cómo y por qué acabar con la vida de los demás; psicológicamente, porque otro puede sentirse y creerse dueño de uno como para determinar hasta qué punto es libre de su propia vida.

Comportamientos como los anteriores son siempre banderas rojas. A veces no las vemos porque nos es imposible verlas; a veces hemos sido educados de tal manera que creemos que, efectivamente, el otro es nuestro dueño, que puede decirnos qué hacer, cómo actuar, con quién relacionarnos, si hablar o no, con quién y de qué manera, si podemos estudiar o trabajar, qué ropa ponernos y cuál no, con qué amigas y amigos salir, a dónde podemos salir, incluso si podemos salir, etc.

En otras ocasiones, sencillamente, no queremos ver esas alertas. Pensamos muchas veces que amar mucho a los hijos, a los familiares y parejas que nos maltratan es razón suficiente para dejar pasar episodios de maltrato, abuso y violencias; a veces podemos sentirnos tan poca cosa que creemos que nadie nos va a amar si nos salimos de esa relación; en otros momentos no es el temor de dejar de ser amados lo que nos impide advertir o parar la violencia, sino el temor a ser aún más violentados.

En cualquier caso, se trata de viejos patrones de creencia que nos hacen sentirnos inferiores a los demás, pero si queremos cambiarlos y salir de ese círculo vicioso es necesario hacer consciencia de nuestro papel en dicho círculo y sacar el coraje para romper con modelos de conducta, pensamiento y sentimientos que nos han enseñado a favorecer los deseos y las intenciones de los demás por encima de los nuestros. Es necesario saber que si uno no cuenta para uno mismo, difícilmente contará para el otro. Y como nadie debe decidir sobre aquello que sólo nos compete decidir a nosotros, contar para uno mismo es algo imprescindible para aprender a valorarnos por lo que somos y no por lo que otros esperan que seamos.

📷 @shaza.wajjokh

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

Todas somos MADRES…

Cuando transformamos al miedo en Amor,
Al sufrimiento en aprendizaje,
A las sombras en luz,
A la resistencia en compasión,
Al enojo en vitalidad y perdón.
Nuestra magia radica en sostener y contener al que sufre,
En saber escuchar,
En estar presentes,
En sonreírle al miedo,
En sentir la vida que pasa a través de nuestro cuerpo,
En agradecer por ser generadoras de vida.

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

 Si tuviste una niñez traumática es posible que:

❤️    Sientas que NO eres suficiente
❤️    Te sientas responsable por las emociones de los demás e ignores las tuyas
❤️    Tengas temor de que te abandonen
❤️    Te cuesta trabajo recibir pues NO mereces nada
 
Cuando los padres sienten afecto por su hij@, lo expresan por medio de ternura, empatía, amor, caricias, mirada de existencia, aceptación, respeto.
Lo opuesto a esto es el Rechazo y el Bebé interiorizará este sentimiento, el cual es el peor veneno para un hijo.
El dolor de la falta de afecto, pertenencia y estructura, deja una herida que no permite al cuerpo emocional desarrollarse plenamente, son necesidades NO resueltas que hay que atender y sanar.
 

📷 @naya.ismael

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

Hay muchas maneras de hacer sentir amada a tu pareja si sufre depresión

❤️Ponerle una manta sobre los hombros y abrazarl@
❤️Motivarle a darse un baño con aceite reconfortante
❤️Prepararle o encargar algo de comer que le guste
❤️Pedirle que te ayude en alguna tarea que no requiera mucho esfuerzo
❤️Ver (una vez más) su serie de televisión favorita

La persona afectada por la depreión se encierra en sí misma y se siente totalmente incomprendida por tod@s.

La falta de energía, impotencia y desesperanza, se convierten en enojo y tristeza; no saben expresar lo que sienten y, en ocasiones, descargan lo negativo hacia su pareja y seres queridos.
Recuerda: la depresión puede y debe ser tratada: no estás sol@

📷 @mpieram_design

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

Cuando tienes depresión «estar cansado» no significa «tengo sueño»

❤️La depresión aparece ante la presencia del estrés prolongado. No hay que confundirla con la tristeza que constituye un instancia puntual ante acontecimientos desafiantes, pero no se prolonga en el tiempo.

Las sensaciones de ansiedad, pesimismo, incertidumbre, desazón y pesadumbre, falta de concentración y memoria, culpabilidad, impotencia, cansancio y falta de energía, así como la dificultad para tomar decisiones, la inquietud extrema, y la disminución psicomotriz y orgánica, cuando perduran suelen ser indicadores de depresión.

Entendiendo que la depresión siempre expresa una relación entre la mente y el cerebro, las experiencias traumáticas de la infancia son factores relevantes a la hora de su diagnóstico.

Es aquí donde la terapia psicológica puede desplegar su potencial, más allá de los componentes biológicos y neurobiológicos que sin duda participan en el surgimiento de la depresión.

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

El bullying es una práctica de violencia…

❤️El bullying es una violencia contra los que no saben o no pueden defenderse, porque es siempre discriminatoria, porque es brutalmente focalizada y porque busca ridiculizar y desempoderar a toda costa, hasta ver vencido al otro, dominado, sometido.

El nivel de soledad, indefensión y resignación que viven los sujetos agredidos puede llevarlos al suicidio, ya que niños y jóvenes rara vez cuentan con las herramientas psicológicas y emocionales necesarias para enfrentar las consecuencias de un acto violento de estas características.

El bullying afecta severamente la autoestima y los daños pueden persistir en el tiempo o ser parte del sujeto para toda la vida.

Para el agredido, se trata ante todo de algo vergonzoso porque se siente y se piensa incapacitado para evitarlo o siquiera enfrentarlo.

Para el bully resulta más que nada un asunto de poder, de dominio, y sobre todo de inseguridad; si no lo hace, él podría ser el buleado.

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

La violencia del bullying es anticivilizatoria

❤️ Hace algunos años los expertos señalaban que el bullying no era violencia, sino acoso; pero esta sutil distinción entre ambos términos terminaba por minimizar el impacto de esta práctica tenazmente abusiva. Tenaz porque la lógica del bullying es persistente, porque el bully nunca desiste, porque no puede desistir; abusiva porque se trata de una violencia contra los que no saben o no pueden defenderse, porque es siempre discriminatoria, porque es brutalmente focalizada y porque busca ridiculizar y desempoderar a toda costa, hasta ver vencido al otro, dominado, sometido.

Claro, el término violencia es mucho más amplio que el de bullying; violencia la hay de muchos tipos y no necesariamente se ejerce contra alguien que se percibe como inferior. La guerra es quizás el ejemplo más representativo, la violencia deportiva —aunque regulada— es otra de las prácticas que no implica abuso alguno. Pero que el bullying es un tipo de violencia, eso parece estar claro.

El bullying es una violencia que por lo general se da entre pares. El término surge en el ámbito escolar, fundamentalmente para describir episodios de violencia entre infantes y jóvenes durante los primeros ciclos de enseñanza (primaria y secundaria); sin embargo, algunas investigaciones han revelado que además de que su frecuencia ha ido en aumento, hay presencia notable de bullying también en grados superiores como el bachillerato. Los estudios confirman, no obstante, que a mayor edad las prácticas de bullying tienden a disminuir, aunque lamentablemente esto no implica su completa eliminación. Aquí, la duración temporal de la práctica del bullying escolar, se tiene una primera pista de sus causas.

El bullying escolar constituye un fenómeno de violencia abusiva en la que niños y jóvenes participan ya sea desde la posición dominante del bully, la posición indefensa del agredido o bien desde la posición de los observadores (en la que se encuentran otros estudiantes pero también las autoridades escolares como maestros y administrativos). La posición de observadores constituye así una plataforma para la reafirmación de los roles de agresor y agredido, ya sea que se aplauda la violencia del agresor, que se reproduzcan activamente las burlas y los escarnios públicos del violentado o bien que el silencio y la desidia termine por hacer como que no pasa nada, manteniendo el circuito de agresión que deja en el desamparo al violentado.

Mucha de la literatura especializada en el tema indica con creces que el nivel de soledad, indefensión y resignación que viven los sujetos agredidos puede llevarlos al suicidio, ya que niños y jóvenes rara vez cuentan con las herramientas psicológicas y emocionales necesarias para enfrentar las consecuencias de un acto violento de estas características. El bullying afecta severamente la autoestima y los daños pueden persistir en el tiempo o ser parte del sujeto para toda la vida. Para el agredido, se trata ante todo de algo vergonzoso porque se siente y se piensa incapacitado para evitarlo o siquiera enfrentarlo. Para el bully resulta más que nada un asunto de poder, de dominio, y sobre todo de inseguridad; si no lo hace, él podría ser el buleado.

Hay casos, no obstante, en que el bully mismo ha reportado también como motivación la agresión por diversión o porque los agredidos se dejan, pero lo cierto es que el bully escoge a sus víctimas en función de las características pasivas de esta; se trata de niños y jóvenes poco seguros de sí mismos, que tienden a temer o evitar el conflicto, reservados, tímidos y que suelen aislarse de otros compañeros. En la mayoría de los casos son los varones los que ejercen la agresión sobre otros varones; pero también hay presencia femenina en estas prácticas. Los estudios revelan que las mujeres bully ejercen violencia contra otras mujeres, pero también contra hombres, con la salvedad de que generalmente se trata de una violencia verbal y gestual, lo que la diferencia de la violencia del bully masculino que mayormente ejerce la violencia física.

En ambos casos sin embargo, la violencia ejercida tiene y logra el mismo propósito: discriminar, excluir, desempoderar, dominar. Es sin duda, una violencia que no busca aniquilar al otro, sino reducirlo, someterlo, por el mero fin de hacerlo; y esta violencia traspasa a la persona pues muchas veces la burla, el escarnio, el insulto y la humillación alcanza también a las redes familiares a través de generalizaciones del tipo “tú y tu familia todos son unos…”.

Si pensamos que como seres humanos necesitamos poder ejercer nuestra individualidad para sentir que vivimos libres y somos dueños de nuestras vidas, si pensamos que como seres sociales necesitamos pertenecer a un grupo (familiar, de amigos, de trabajo…) para sentirnos seguros, y que como seres de afectos consensuales necesitamos además querer y que nos quieran, podemos tener una idea bastante clara de cómo estas prácticas violentas afectan al violentado al coartarles la posibilidad de ser dueños de su vida, de pertenecer a la comunidad escolar y de ser y sentirse queridos por sus compañeros de escuela, de salón.

Esto, no obstante, no sólo sucede con el bullying escolar. La literatura especializada registra casos de bullying —también en aumento—en el ámbito laboral, y aunque sus características son diferentes las consecuencias psicológicas suelen ser similares, con el añadido de que además acarrea implicaciones de tipo laboral y profesional.

El bullying laboral es conocido como mobbing; es un bullying entre adultos y no sólo se ejerce entre pares sino también de jefes o autoridades hacia los trabajadores, sean estos profesionales o no. El descrédito y la humillación puede ser sutil o directa y tiene incidencias en la psicología y la autoestima de los agredidos al punto que puede afectar sus relaciones familiares y sociales, llevando a cuestas, además, descensos en los índices de desempeño productivo.

Los adultos, a diferencia de los niños y jóvenes, pueden tener herramientas e incentivos para resistirlo de una mejor manera; el caso de conservar el trabajo, y con ello el ingreso para la subsistencia, suele ser uno de esos acicates. Sin embargo, por esa misma razón la situación puede llegar a ser insosteniblemente desesperanzadora porque el agredido se ve en un callejón sin salida: resistir, aguantar, porque no le queda más remedio.

En los adultos, como en los niños y jóvenes, el bullying casi siempre esconde una necesidad no satisfecha, una carencia del orden de la seguridad, básicamente afectiva, pero también cognitiva. Hay que tener en cuenta que toda agresión implica una percepción de amenaza a la sobrevivencia directa o bien a los recursos necesarios para sobrevivir, y aunque esta percepción puede ser tanto imaginada como real, lo cierto es que se trata de una práctica violenta sistemática contra un sujeto o grupo de sujetos específicos, donde ninguno de los dos sale ganando.

En un ambiente tan violento como el que hoy nos circunda en varios ámbitos de la vida cotidiana: interpersonal, de pareja, amical, laboral, escolar, social, institucional, el bullying suele ser su reflejo. A veces será posible desenmascararlo y eliminarlo, lamentablemente en la mayoría de las ocasiones esto sólo es un buen deseo. La gente sufre violencias por doquier y no sabe o no puede enfrentarlas, siendo la única salida resistirlas, resignarse a ser agredido, a ser la víctima, o a seguir siendo el victimario de muchos a través de sustituir una carencia por medio del uso del poder.

Algunas estadísticas recientes pueden darnos una idea de la situación del bullying en México. Según un informa de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) de 2021, México ocupa un oneroso primer lugar a nivel internacional en casos de acoso escolar en educación básica con 18 millones de niños y jóvenes afectados a nivel primaria y secundaria en escuelas públicas y privadas; de ellos 180 mil son considerados graves; y aquí se encuentra también el ciberbullying, que es esa práctica de violencia abusiva focalizada y sistemática que tiene lugar a través de las redes sociales.

Esta conducta de hostigamiento físico y psicológico afecta así a cerca del 25% de la población estudiantil en estos niveles en nuestro país. Es un dato alarmante. Sin embargo, de acuerdo con la organización no gubernamental Internacional Bullying Sin Fronteras, son 28 millones de niños y jóvenes los que padecen este maltrato casi a diario, es decir, el 40% de los estudiantes de educación básica, siendo el color de piel, las marcas físicas o psicológicas las características en las que más se enfocan los bullies para agredir. Esto es totalmente inadmisible.

Demás está decir que las consecuencias nocivas del bullying va más allá del agredido, pues como ya se ha dicho, el agresor pide a gritos que lo reconozcan y lo tomen en cuenta: ejercer el poder por el poder mismo siempre implica una carencia en ambos sentidos, ya sea a nivel afectivo o cognitivo.
Sin embargo, el problema es mucho mayor ya que el bullying afecta la convivencia escolar y laboral porque afecta el bienestar de todas y todos. Por eso es también un problema público. Esto tiene un peso enorme en la cohabitación política y social en nuestras sociedades porque con ello el bullying afecta también el desarrollo y ejercicio de los derechos impactando en la no consolidación de una cultura de derechos y respeto a la diferencia, al otro tal y como es.

Lo mismo pasa con el bullying laboral (llamado mobbing), donde el ambiente laboral se degrada por los constantes acosos. Aunque ni la violencia laboral ni la escolar son exclusivas de México, toda vez que se trata de un fenómeno de tipo mundial, las agresiones en el ámbito laboral en México reportan una incidencia de poco más del 12%, según estudios realizados en 2019. De esos, más del 40% están vinculados a acosos sexuales que sufren fundamentalmente las mujeres que son sobajadas a través de humillaciones, burlas y provocaciones de todo tipo que las hacen reaccionar de forma temperamental evidenciándolas. Esto, como se podrá notar, se inserta en las prácticas de violencia de género a las que son sometidas la gran mayoría de las mujeres en el mundo, y lamentablemente también en México. En estas conductas abusivas también entran el encargo de tareas excesivas que se sabe de antemano no se va a poder cumplir. Diversos reportes señalan al respecto que más del 70% del mobbing laboral es ejercido por los jefes.

Sin embargo, cifras de INEGI en 2020 señalan que 7 de cada 10 trabajadores sufren de mobbing laboral en nuestro país. En estos estudios se revela que cerca del 40% de los hombres y más del 48% de las mujeres han tenido que abandonar sus labores por prácticas de hostigamiento en sus centros de trabajo. El factor de la etnia configura aquí un indicador relevante pues cerca del 70% de estas mujeres son indígenas. Se trata de un tema en general invisibilizado por las políticas públicas generando un acercamiento prácticamente nulo al problema por parte de empleadores y gobiernos.

Lo dicho: el problema del acoso y hostigamiento físico y psicológico en los ámbitos laboral, escolar y en el ciberespacio va cobrando víctimas a cada paso, y cada vez con mayor frecuencia. En cualquiera de estas facetas, el bullying constituye una práctica inaceptable que revela, no obstante, la necesidad que tenemos todas y todos de construir y garantizar un ambiente social armónico y libre de violencia. No se trata de dejar en manos del agredido la responsabilidad de poner un alto, se trata más bien de un imperativo ético de convivencia entre lo diferente, sobre todo en un mundo como el nuestro donde la diferencia prima y donde el contacto con diversas personalidades, culturas, cosmovisiones y valores acusan la fértil y muy conflictiva gestión de la vida entre la diversidad humana.

Por eso es que las carencias de seguridad afectiva y cognitiva de los agresores no son solamente las causas de los acosos, la ausencia de programas y normatividades al respecto hacen de la cultura de la queja y la denuncia una quimera inalcanzable, naturalizando las violencias como prácticas que han ocurrido siempre, haciendo de las inseguridades de unos el calvario psicológico, emocional y físico de otros, y por si fuera poco interseccionalizando la desigualdad, la pobreza y el género al convertirse en una práctica que en el mundo adulto atraviesa otras esferas de discriminación, exclusión y no reconocimiento.

¿Qué nos asegura que aquel que ha agredido en la escuela no agreda en los ámbitos de trabajo también? ¿Qué nos asegura que quien ha sido agredido reiteradamente no agreda a su vez a otros cuando los perciba o considera en situación de desventaja o inferioridad? ¿Qué nos asegura que aquellos que observan la agresión y miran para el otro lado, que huyen de ella no vaya a ser que les toque, que la naturalizan minimizándola o bien incluso que la justifican con el consabido “se lo buscó”, no sea parte de un ciclo de reproducción de violencias que coarta salud, derechos, bienestar colectivo? ¿Qué nos asegura que de seguir por el mismo camino un día la violencia no llegue a nosotros mismos convirtiéndonos en víctimas de aquello que sólo veíamos padecer a los demás?

Como escribiera Martin Niemöller en aquella prosa desalmada de aquellos tiempos también desalmados:


Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a buscar a los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío,
Cuando finalmente vinieron a buscarme a mi,
no había nadie más que pudiera protestar.”

El bullying mata, como cualquier violencia, mata de súbito o despacio, pero mata siempre porque mata lo que somos como humanos al cercenar y anular nuestra humanidad. No lo permitamos porque es una tarea colectiva, nos involucra a todos porque todos podemos ser víctima de abusadores. La violencia es cosa seria. Entendámoslo y pongamos el ejemplo. No será rápido, pero será seguro.

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

Quédate con las personas que:

❤️Quédate en el espacio en el que te demuestren amor, junto a aquellos que respeten tu libertad y unicidad, quédate con los que te cuiden y te traten bien.
❤️Quédate en el espacio en el que te demuestren amor y no sólo palabrería barata.
💖🌟Quiérete, Cuídate, Respétate 💖🌟
📷@eckyo.me

✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay